Desayuné una taza de alegrías, mojando un buen recuerdo y con dos tostadas de los mejores días vividos.
Estrené el vestido de mujer fatal y re-encontré los zapatitos de princesa. Pedí que la carroza aparcada en segunda fila me llevara, lo más rápido posible, al lugar de nuestro encuentro.
Y allí estabas tú, de azul desteñido, sonriendo y diciendo a unisono "Buenos días Princesa"

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